La veo desde el autobús, rompiendo impunemente el continuo espacio-tiempo de la ciudad, como una brecha en la lógica, en la civilización, en la historia: es la zanja.
Nadie sabe de dónde viene ni a dónde va. Los obreros la alimentan, le rinden culto con sus palas, crean un templo de vallas y luces a su alrededor. Sus jefes les pagan para que lo hagan, claro, porque firmaron un contrato millonario. La empresa contratante se debe a los accionistas. Los accionistas se guían por oráculos que ejecutan siniestras danzas para invocar la lluvia. Y dentro de todas las mentes de todos estos actores, no se sabe en qué momento, en qué segundo exacto, apareció la zanja.
Solamente sabemos que un día un pico comenzó a levantar adoquines, y debajo esperaba, dormida en el subconsciente colectivo, esperando durante décadas para despertarnos de nuestro sueño de continuidad con su aspecto primitivo y tribal, con su pureza existencial, la indescifrable, la terrorífica zanja.