No puedo parar de comer un cacahuete tras otro. Es una reacción en cadena, un cacahuete llama al siguiente, y acabo engullendo un continuo de cacahuetes como un collar de perlas leguminosas.
Comer cacahuetes es una road movie. Es un recorrido iniciático que discurre por múltiples meandros: por cacahuetes demasiado tostados, por cacahuetes grandes y pequeños, por vainas que se abren descubriendo hasta tres cacahuetes en su interior. Esa zigzagueante aventura es realmente la que me mantiene en vilo; es parecido a tragarse un maratón de una serie adictiva.
Cada cacahuete es único y distinto a los demás, y cuando lo termino me deja con la incógnita: ¿cómo será el siguiente?. Y sólo tengo una forma de saberlo: continuar.
Supongo que gracias a este mecanismo sigo vivo.