Cacahuetes

No puedo parar de comer un cacahuete tras otro. Es una reacción en cadena, un cacahuete llama al siguiente, y acabo engullendo un continuo de cacahuetes como un collar de perlas leguminosas.

Comer cacahuetes es una road movie. Es un recorrido iniciático que discurre por múltiples meandros: por cacahuetes demasiado tostados, por cacahuetes grandes y pequeños, por vainas que se abren descubriendo hasta tres cacahuetes en su interior. Esa zigzagueante aventura es realmente la que me mantiene en vilo; es parecido a tragarse un maratón de una serie adictiva.

Cada cacahuete es único y distinto a los demás, y cuando lo termino me deja con la incógnita: ¿cómo será el siguiente?. Y sólo tengo una forma de saberlo: continuar.

Supongo que gracias a este mecanismo sigo vivo.

El momento

Años después reflexionaba "Es extraño como llegan a suceder las cosas. No las grandes cuestiones, sino los instantes. La forma en la que una grulla ajusta ligeramente la postura de su cuello antes de dispararlo contra el agua y capturar un pez. No fue, no pudo ser ni un mínimo instante antes o después. Fue en ese momento cuando la indiferencia general del cosmos se rompió, y se produjo el cambio. Fue justo en esa milésima de segundo cuando el cerebro del animal se activó instintivamente, sin artificios ni planificación. Parece un sueño que puedan acontecer eventos tan importantes en tiempos tan absurdamente cortos, tiempos indefinidos y casi inexistentes. Como si un elefante pudiera caber en un cajón."


Este pensamiento le había venido al recordar el cuerpo espigado, floreciente y ligeramente arqueado de ella, observando distraída las estanterías de libros en casa de él. En silencio pero sin ninguna premeditación él se le había acercado por detrás, y rozó su esbelta espalda tan suavemente que no se puede decir que la tocase. Ella se asustó tan ligeramente que no se puede decir que se asustase, y se dio la vuelta.

Entonces y justo entonces, un primer beso, una primera cata de una nueva boca, sentir el sabor cálido del interior de otro, ese sabor esquivo, prohibido y también íntimamente esperanzado. Un largo reguero de tímidos jugueteos y miradas nerviosas hasta llegar a ese momento superficialmente inesperado y subterráneamente esperado, como el resultado de un sorteo, que siempre llega con una naturalidad animal.

Como todo lo importante, sucedió tan ligeramente que apenas sucedió. 

Los bucles

Hay un problema cuando la política sólo habla de política, la sanidad sólo de sanidad o el amor sólo de amor.

Todo necesita un sentido fuera de si mismo para dejar de ser un bucle. Todo lo que genera algún cambio real transcurre entre un punto inicial y un punto final, en cambio todas las vueltas sobre el mismo punto se perpetúan en un esfuerzo inútil.

Sólo la corriente nos permite entender el agua

El corazón, como el agua, se pudre si se estanca. Todo lo que no des, todo lo que no legues, todo lo que no transmitas, morirá cuando tú mueras. Todo lo que des, todo lo que legues, será la parte de ti que no muera. Será la parte de ti que perdure, que tendrá más sentido. Sólo la corriente nos permite entender el agua.

La zanja

La veo desde el autobús, rompiendo impunemente el continuo espacio-tiempo de la ciudad, como una brecha en la lógica, en la civilización, en la historia: es la zanja. 

Nadie sabe de dónde viene ni a dónde va. Los obreros la alimentan, le rinden culto con sus palas, crean un templo de vallas y luces a su alrededor. Sus jefes les pagan para que lo hagan, claro, porque firmaron un contrato millonario. La empresa contratante se debe a los accionistas. Los accionistas se guían por oráculos que ejecutan siniestras danzas para invocar la lluvia. Y dentro de todas las mentes de todos estos actores, no se sabe en qué momento, en qué segundo exacto, apareció la zanja. 

Solamente sabemos que un día un pico comenzó a levantar adoquines, y debajo esperaba, dormida en el subconsciente colectivo, esperando durante décadas para despertarnos de nuestro sueño de continuidad con su aspecto primitivo y tribal, con su pureza existencial, la indescifrable, la terrorífica zanja. 

La casa

Cuando las virutas de nubes pasando hacían guiñar el sol, diferencias de luz, teatros de sombras, se iban dibujando en las cortinas. El silencio de la tarde era corpóreo, y sólo lo manchaban pequeños crujidos de muebles. Toda la casa daba la sensación de viajar, de ser un barco que atravesaba el tiempo.


Cuando había luna llena, las cortinas eran levemente fosforescentes, fantasmales, y todo el balcón parecía apuntar a la luna como una proa al puerto.


Una vida oculta, minúscula, una segunda vida, transcurría durante la noche. Movimientos, roces, momentos de vigilia, caricias, demasiado calor o demasiado frío. Esta vida, íntima y subterránea, cobraba más sentido por comparación, a medida que la vida diurna se volvía más árida.


Biografías

Gente que va describiendo su vida y descubre que nunca usa la primera persona: "mi novio me dejó", "mi jefe me despidió", "mis padres no me querían", "una tormenta arruinó el tejado". Y aún así no terminan de darse cuenta de que están siendo meros espectadores de sus vidas, de que no son más que un utensilio que todos a su alrededor -los que sí viven sus vidas en primera persona- usan para su conveniencia.

¿Y si las matemáticas estuviesen equivocadas?

A priori, nada nos puede asegurar que son la herramienta correcta para desvelar los misterios del cosmos.


Porque en realidad, ¿qué son las matemáticas, de dónde nacen, qué las sustenta? Yo las entiendo como el estudio estructurado de todo lo pensable por la lógica del cerebro humano. Una especie de andamiaje entorno al cerebro, que básicamente adopta su misma forma.


Y entonces podemos volver a la misma pregunta, planteada de otra forma: ¿quién nos asegura que el cerebro, ese órgano estriado y paliducho que evolucionó para cazar mamuts, debería ser capaz de entender el universo?


Hay quienes las admiran por su coherencia, por su exactitud. Esto es, el cerebro se maravilla delante de un espejo de lo mucho que se parece a si mismo.

En el momento de ir a dormir, me perdono todo.

Me concedo la total absolución, y me impongo la penitencia de intentar hacerlo mejor al día siguiente.

El todo

Si los únicos viajes que tienen algún sentido son los regresos.


Si toda la civilización no es más que una Roma expandida.


Si toda la historia sólo es un vaivén de olvidos y recuerdos.


Si los adultos no somos más que niños hipertrofiados.


Si hasta las cosas más reales sólo son millones de sueños entretejidos.


Si cuando giras es el Universo el que gira alrededor tuyo.


Si cada átomo estuvo en una estrella.


Entonces,


¿Cómo distingues lo grande de lo pequeño?


¿Cómo te distingues del todo?

Los únicos lujos son el tiempo y el espacio.

Si alguien te intenta convencer de que no es así, es precisamente porque quiere que le cedas un poco de tu tiempo o de tu espacio. Huye de esos depredadores que no son capaces de generar su propio tiempo, su propio espacio.

Todo lo que tenemos son esos grados de libertad, que se van perdiendo hasta el día en el que son exactamente cero.

El animal actor

El humano es un combate a muerte entre lo que somos (actual respuesta campeona) y el qué somos (pregunta aspirante), que se libra en un ring carnal.


La conciencia es así una sala de espejos vacía, reflejando la nada.


La humanidad sería este grupo de actores sin guion. Con cada actor sufriendo esa angustia de intentar escuchar y escucharse, ese combate interno: ¿qué somos? Y la energía de su actuación es esa tensión por ocultar el vacío fundamental, por esquivarlo y orbitarlo. Deben evitar que se note la ausencia de guión, o desfallecerían como marionetas sin hilos.


Sus indumentarias colapsarían huecas y de entre las prendas desmayadas se escabullirías unas ratas.

El paraíso

El cielo, el paraíso, es una propiedad de las cosas. De todas las cosas.

Así como todo tiene su color, su peso, su textura, de la misma forma, si observas con detenimiento, puedes percibir, sensorial, físicamente, su parte de paraíso. 

Algo así como su alma, la esencia que hace que al percibirlas no sean borrones de un determinado color, peso, o textura, que no sean un conjunto de propiedades, sino la proyección de una sensación de ellas mismas dentro de nosotros. 

La observación de esta porción paradisíaca de cada objeto sume al espectador en una ensoñación, en un ensimismamiento, que le permite recuperarse a sí mismo, identificar también la parte de paraíso que hay en él, y que conecta con todos los otros fragmentos de paraíso, formando uno solo.

La tormenta

Cuando caía la tormenta odiando al mundo, ella se sentía como una hormiga que siente la vibración del trote del caballo acercándose. Todo cobraba una nueva dimensión, una dimensión vertical. El cielo se manifestaba, insinuando la inseguridad de todo aquello que nos resguarda. Había sentido algo parecido en las llanuras de Montana, cuando ves la tormenta, concreta, limitada, como un cúmulo negro, lejano, que se mueve desde el horizonte. Ves incluso caer la cortina de lluvia que más tarde descargará sobre ti. En esas praderas se produce ese diálogo entre tierra y cielo que mucha gente sólo presencia entre cielo y mar.


Pertenecía a esa nueva-nueva clase aburguesada, conectada y aburrida, ese post-grunge surfista 5G. Se había tomado un par de años para dar vueltas por el mundo, lo que para una estadounidense no deja de ser ir a explorar sus dominios. Todo había comenzado como una aventura casi adolescente, pero, la verdad, le estaba haciendo madurar rápidamente. Cada vez usaba menos su tarjeta de crédito y en su interior notaba como si algo se fuera abriendo, expandiendo. Una especie de comunión con todo lo bello y lo horroroso que veía, y una especie de fusión entre los dos extremos. Su olfato iba descubriendo cada día nuevos olores que cambiaban el ritmo de su tiempo; era como si en ella también comenzase ese diálogo del cielo y la tierra de las praderas.

Mientras viajaba escribía en un cuaderno. Escribía sobre la gente que conocía en USA y sobre la gente que iba conociendo en su camino. Hacía retratos literarios, similares a retratos pintados, pero centrándose en el interior del retratado. Escribía un par de párrafos, y al final concluía con que el protagonista de su retrato hacía la vida como la hacía porque tenía un gran hueco, un gran miedo, un sentimiento de orfandad; una inseguridad fundamental. Seguramente era cierto en todos los casos, lo es para prácticamente todo el mundo. Pero el motivo por el que ella se centraba en esta cuestión es porque ella sí se sentía esencialmente huérfana e insegura, y ver la inseguridad de los demás la protegía. En el fondo se sentía una hormiga que siente llegar el trote del caballo, de la naturaleza humana desbocada.

El silencio

El sonido del silencio es el sonido de la naturaleza, el sonido de los grillos, el viento en los árboles. El susurro tranquilo de la normalidad. 


A veces, no se escucha nada, ningún sonido. 


Eso no es el silencio, sino el ruido de la muerte. Algo está sucediendo.


Algo está enturbiando el silencio verdadero.

Reflexiones en la playa

La playa, los cuerpos semidesnudos y la declaración de imperfecciones, la fluctuación entorno a una media que los hace identificables y que les permite adecuarse a una definición. La piel como carcasa, como funda que recubre todas las vísceras, que evita que se desparramen. Las formas blandas, la vulnerabilidad. La sinceridad. La desnudez de la cultura. No estamos unidos por nuestra fuerza, nunca lo hemos estado. Todo lo contrario: lo que nos identifica, lo que realmente nos hace ser lo que somos, lo que nos une en un hecho común, es nuestra debilidad, nuestro miedo y desprotección.

Entropía

Dentro, en las casas, pasaban muchas, muchísimas cosas a diario, demasiadas para ser controladas. Así es que había ropa tirada en los comedores, en las cocinas, en los estudios... y también comida o restos de comida tanto en los comedores como en las cocinas como en los estudios. Todo era inmediato, y todo acababa mezclado. La vida se volvió demasiado rápida para la lógica.


Fuera, en la ciudades, con el paso veloz de los siglos, las ideas y las personas, también se habían ido mezclando las cosas, de forma que el veneno se había mezclado en la comida, la enfermedad en la salud y la salud en la enfermedad, el sueño con la vigilia, el deber con el placer; y todas las ideas eran un poco todas las demás. Todo se volvió complicado, y las definiciones se hicieron difusas. 


Nos dimos cuenta demasiado tarde que nuestra velocidad nos estaba devorando. Comenzamos a vivir, inmóviles, sobre una ola que nos arrastraba.

Las últimas lluvias del verano

Las últimas lluvias del verano hicieron las veces de cortina que abre paso a una nueva estación de la vida. Yo andaba de puntillas, sigiloso, en una cuerda floja de cuya existencia dudaba. Pasaría el tiempo, las estaciones, los años veloces cambiarían los rostros, después los descarnarían y finalmente los harían olvidar. Se borrarían las ciudades y quedarían como chispazo en una larga historia vacía. Sería todo como pequeñas notas de una melodía apenas audible, pequeños sonidos que no tendrían ningún sentido individual, y que sólo se convertirían en música al quedar su conjunto en la memoria.


Contra este aislamiento entre dos océanos de vacío inconcebible, contra esta conciencia de la rareza y la casualidad de la vida, contra este universo entero disolviéndose en sí mismo, sólo nos quedaba creer en nosotros. Creer grandes nuestras nimiedades para no caer aterrorizados frente a lo realmente grande. Crecernos. Amar, comprometernos, como quien clava las piquetas de una tienda en medio de una tormenta.

Contra el aburrimiento, contra el simple aburrimiento, contra el vacío, hicimos todo: querer y odiar, trabajar, correr y matar. El espectáculo y la ciencia. Inventamos el tiempo para llenar ese vacío, para tener un lienzo en el que dibujarnos a nosotros mismos, para marcar una frontera que mantuviese alejados a los animales. Y vimos que era bueno.

Las mujeres invisibles

Parece ser que cuando eres una mujer invisible, la moda cobra una relevancia titánica. Cuanto más invisible eres, más importancia. Porque claro, pensadlo un momento: una mujer invisible nunca se ha visto en un espejo, nunca ha podido tener una impresión de sí misma, es casi como si no supiera quien es en realidad, está a punto de no existir, sólo es una nubecilla, una débil voz interior. Puede llegar a dudar de si es real, de si esa voz de su pensamiento no será fruto de su imaginación. En estos casos, la ropa es todo lo que es visible que hay de ella.Todo lo que puede comunicar al mundo exterior, a la sociedad por decirlo así, lo comunica a través de como viste. Sus prendas son intermediarias entre ella y el mundo.


A la mujer invisible no le importa como son sus piernas, su tono de piel o su pelo. Le importa cómo hacen las medias ser a su piernas, el color de sus guantes y la frescura que pueda transmitir con su sombrero. Porque, insisto, ella de por sí apenas es nada, y siente que tiene que excusarse por ser tan poco. Siente que su ropa ha de justificarla por no hacer acto de presencia, es como su embajadora en un mundo de personas visibles.

Las mujeres invisibles salen cada día a la calle con aire -invisiblemente- marcial, decididas, con paso firme y sonoro y semblante secretamente concentrado, como si fuera un día de elecciones. Para ellas es de vital importancia el mensaje que lancen con su ropa cada día. Se trata de un código Morse con el que transmiten su afiliación a tendencias varias, expresan el panteón de memes que adorna su subconsciente, e incluso su humor o su coeficiente intelectual. Han de escoger con esmero un voto tan difícil; cada día se reinventan, se redefinen, cada día han de elegir al congreso de vestiduras representante de su cuerpo.